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ESP: Slumdog Millionaire, miseria y color en la congestionada Mumbai

slumdog_millionaire,2para dar respuesta a la misión que cambiará su vida y que no es sino una versión del gran sueño del capitalismo, donde la política es tristemente reemplazada por un juego televisado.
Danny Boyle ha estado muy acertado a la hora de combinar las luces y las sombras, el dolor más tieso con momentos cálidos y hasta distendidos como en la aguda secuencia del Taj Mahal. Los rituales de sufrimiento de esos niños que son apremiados a buscarse la vida aún sin saber el significado de esta, podrían haber hecho de esta historia una consecución de escenas agotadoras en las que el horror tercermundista jugara el rol principal. Pero ahí radica la magia de Boyle, ese realizador tan poco acomodaticio como arriesgado, que ha logrado infundir vitalismo a la extrema sordidez, creando una fábula en la que conviven el amor con el dolor, la miseria extrema, la vida y la muerte. Lo sorprendente de este filme es que, a pesar de todo, uno sale complacido del cine después de haber observado la tragedia de los desvalidos y batiendo los pies al ritmo de la melodía que cantan y bailan los protagonistas en esa magnífica escena final en la estación de tren.
En aspectos puramente formales, el trabajo de cámara recuerda a la inclasificable Trainspotting y la estética evoca la dura Ciudad de Dios, salvando las distancias y cambiando las favelas por el universo paralelo y similar de la atascada Mumbai. La globalización de conceptos, estilos y montajes se deja ver en esta historia construida mano a mano entre profesionales británicos y miembros de la industria cinematográfica de la India.
Hay quienes han acusado a Boyle de descontextualizar la miseria y hacer de esta un simple accesorio dramático con el que ablandar las almas de los que creen reconocer la pobreza extrema en los documentales de las cadenas de culto. Es cierto que no se indaga en la causa fundamental de esa condición de desdicha ni en los grandes problemas estructurales del país, pero es fascinante el esfuerzo que ha hecho este señor inglés por comprender y retratar el submundo de la India.
Slumdog Millionaire es, en definitiva, una película que se siente muy real, que emana naturalismo y que consigue implicar al receptor en cualquier secuencia de esta historia de tinieblas. Es un filme valiente, distinto, sorprendentemente bello y colorista, aunque casi todo invite al espanto en la verdad que detalla.
Elena Herrera Domínguez
Slumdog Millionaire, miseria y color en la congestionada MumbaiSlumdog Millionaire, miseria y color en la congestionada Mumbai

De ses aspects les plus techniques jusqu’à ses conséquences les plus politiques, Elena analyse le film britannique Slumdog Millonaire (2008) de Danny Boyle sous différents angles pour rédiger cette revue franche et pertinente. Ainsi, elle nous permet de vivre, ou de revivre, les différentes sensations et réflexions soulevées par ce film logiquement récompensé par huit Oscar ainsi que plusieurs autres prix.

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Es esta la historia de un ganador en un lugar de perdedores. La fábula del destino convertido en un buen puñado de rupias y en el renacer de un amor de infancia. El relato auténtico y desesperado del trágico modo de sobrevivir de los más tirados, los niños de la calle, los explotados en todas las situaciones, los que viven al día en una ciudad tan dura como la caótica Mumbai.

La adaptación libre de la novela de Vikas Swarup narra la vida de Jamal Malik (papel interpretado por el actor inglés Dev Patel), un chiquillo huérfano que sobrevive en la mísera Mumbai. De niño, Jamal conoce a la encantadora Latika (Freida Pinto) pero sus caminos se separan y ambos viven alejados su propia angustia. La infancia de estos niños de la calle estará repleta entonces de encuentros y desencuentros, experiencias que convertirán a Jamal en un romántico determinado a reunirse con su amada. En su juventud, la versión india del programa ¿Quién quiere ser millonario? se cruza en su camino y es precisamente la pericia de esa vida despiadada la que impulsa al joven a la final del concurso y al reencuentro de un amor infantil que perdura a pesar de los estragos emocionales que causa el paso del tiempo en circunstancias plenamente oscuras.

Jamal Malik es un pobre entre los pobres pero su personaje va más allá. Sus enredos empatizan con el espectador y es entonces cuando la película se convierte en algo más que en la manida fábula del desgraciado que se vuelve rico gracias al azar. Cada experiencia de la humilde realidad de este morador de chabola resulta clave para dar respuesta a la misión que cambiará su vida y que no es sino una versión del gran sueño del capitalismo, donde la política es tristemente reemplazada por un juego televisado.

Danny Boyle ha estado muy acertado a la hora de combinar las luces y las sombras, el dolor más tieso con momentos cálidos y hasta distendidos como en la aguda secuencia del Taj Mahal. Los rituales de sufrimiento de esos niños que son apremiados a buscarse la vida aún sin saber el significado de esta, podrían haber hecho de esta historia una consecución de escenas agotadoras en las que el horror tercermundista jugara el rol principal. Pero ahí radica la magia de Boyle, ese realizador tan poco acomodaticio como arriesgado, que ha logrado infundir vitalismo a la extrema sordidez, creando una fábula en la que conviven el amor con el dolor, la miseria extrema, la vida y la muerte. Lo sorprendente de este filme es que, a pesar de todo, uno sale complacido del cine después de haber observado la tragedia de los desvalidos y batiendo los pies al ritmo de la melodía que cantan y bailan los protagonistas en esa magnífica escena final en la estación de tren.

En aspectos puramente formales, el trabajo de cámara recuerda a la inclasificable Trainspotting y la estética evoca la dura Ciudad de Dios, salvando las distancias y cambiando las favelas por el universo paralelo y similar de la atascada Mumbai. La globalización de conceptos, estilos y montajes se deja ver en esta historia construida mano a mano entre profesionales británicos y miembros de la industria cinematográfica de la India.

Hay quienes han acusado a Boyle de descontextualizar la miseria y hacer de esta un simple accesorio dramático con el que ablandar las almas de los que creen reconocer la pobreza extrema en los documentales de las cadenas de culto. Es cierto que no se indaga en la causa fundamental de esa condición de desdicha ni en los grandes problemas estructurales del país, pero es fascinante el esfuerzo que ha hecho este señor inglés por comprender y retratar el submundo de la India.

Slumdog Millionaire es, en definitiva, una película que se siente muy real, que emana naturalismo y que consigue implicar al receptor en cualquier secuencia de esta historia de tinieblas. Es un filme valiente, distinto, sorprendentemente bello y colorista, aunque casi todo invite al espanto en la verdad que detalla.

Elena Herrera Domínguez

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