ESP – Los viejos « grupis » de Elliott Murphy

Nunca había escuchado hablar de él. Cuando lo vi caminando entre la gente en el auditorio del Collège Franco-Britannique ese domingo en la tarde, con su sombrero moteado de piel de guepardo, si los guepardos fueran blancos, y su pelo blanco y liso que le caía a los dos lados de la cara, y su chaleco, y su pinta de mago, si los magos dejaran de utilizar su copa negra y alta y ridícula, pensé que era uno de esos personajes de la Cité que todos hemos visto alguna vez y que muchos vemos casi todos los días, como fantasmas en los lugares que, tal vez y sólo tal vez, habitaron antes y de los cuales no han podido despegarse nunca. Alguno que, por casualidad, yo no conociera. Ya adentro, cuando vi de reojo los discos en la entrada, con la fotografía de su cara, y mientras buscaba a Jeanne, mi novia, que me guardaba un puesto en la tercera fila, me di cuenta de que “él” era Elliott Murphy.

El concierto comenzó más tarde de lo anunciado, pues el público llegaba aún a cuentagotas. Un espectador se paseaba con una cámara en la mano, mascando un chicle y saludando gente en la primera y segunda filas, viendo la guitarra y entrando ligera pero visiblemente en el escenario, muy contento. Jeanne aseguró que estábamos bien ubicados; asentí, pero no pude dejar de remarcar que la cabeza de un hombre en la primera fila, algo desmesurada, iba a taparnos al músico. Cuando apagaron las luces, algunos espectadores fueron rápida, torpemente hacia las dos primeras filas, donde les guardaban sus puestos. Murphy comenzó diciendo, en inglés, que el concierto era inusual para él, especial tal vez, porque nunca tocaba los domingos, nunca tocaba sin su banda, The Normandy All Stars, y nunca tocaba sentado. Yo pensé, “ah, tiene un grupo”, y la idea que me hizo ir al concierto, es decir que era algo así como Dylan, como Dylan en los 70, se transformó un poco. No tanto. Porque es diferente, claro, pero muy cercano. Murphy es, en todo caso, mucho más familiar con el público que el compositor de Blowing in the wind (serlo menos es difícil) y, a diferencia de éste, se dirige a los espectadores, hace chistes, explica el origen de sus canciones y habla de sus derrotas. Mientras hablaba, yo intentaba entender, rezagado ya, lo que decía, porque comprendo a medias, como se dice, el inglés, es decir que entiendo bastante menos de la mitad.

Cuando comenzó a cantar la dificultad del idioma se hizo más evidente, pero su voz velada y cálida, un poco rota a punta de cigarrillo, que suena a veces como la de un desconocido que te consuela, que se consuela contigo, sus agudos que hacen pensar que su registro era mucho, mucho menos grave en el pasado, los efectos simples pero muy gratos de su guitarra (como el rasgueo en círculos y más cercano del mástil que de la boca del instrumento) y el sonido de sus diferentes armónicas, todo eso, me ponía muy cerca de esa música. Yo no era el único, y sobre todo, yo no era el más cercano. El tipo de la cabeza grande de la primera fila sabía exactamente dónde se detenía la guitarra, cuándo subía el volumen de la voz, y yo me imagino que conocía la letra de memoria, y lo acompañaba con movimientos de los pies y de la cabeza, bailando en su silla. No podía verle la cara, pero visto de espaldas parecía tener el improbable aspecto de un japonés de chivera. El dorso de su camiseta negra decía Born to run in 1975 (alusión al álbum y a la canción Born to run, grabados en 1975, de Bruce Springsteen, amigo de Murphy), y él había nacido para vivir unos treinta años antes. Cuando Murphy tocó Last of the Rockstars (de su primer disco, Aquashow, del 73), los de las dos primeras filas cantaban, todos a una, casi silbando, “ujujuuuú”, al final de un estribillo. Ahí estaba, además de aquél que había nacido para correr, su esposa, de cabellos rizados y teñidos de rojo, otra mujer que tenía un gorro, y del otro lado del pasillo, un hombre de gafas que grababa para sí mismo el concierto con un micrófono, una mujer de hermosos y largos cabellos rubios y plateados, uno que tenía un chaleco como el de Murphy, una mujer de cabellos voluminosos y de cadera estrecha, y el tipo de la cámara que mascaba chicle y que en medio de las canciones cambiaba de lugar, siempre grabando. Todos tenían cincuenta y tantos o sesenta años. « Il semble qu’il a des groupies », dijo Jeanne, con una sonrisa. Yo me imaginaba que habíamos visto lo mismo, pero pregunté igual: « C’est quoi, un groupie ? ». Me explicó que era lo mismo que un fan, pero yo no le escuchaba muy bien. Murphy cantaba « Sonny, I was flying like a bird” y el grupo de las dos primeras filas acompañaba el coro in crescendo subiendo las manos al unísono y agitando los dedos en un gesto que parecía pertenecerle sólo a ellos.

Murphy cantaba y hablaba, y decía que en el 79, después de que su disquera y su mujer lo echaran y se llevaran, tanto una como la otra, su dinero, había aceptado venir a París a tocar en un lugar llamado el Palace, sin preguntar cuánto iban a pagarle, y sin saber del todo que ése era el comienzo de una “segunda vida” en Europa, tras las puertas que veía cerrarse en su propio país, los Estados Unidos. “Y en ese concierto estaba gente como Xavier, que me ha acompañado siempre”, dijo Murphy, emocionado, señalando al no menos emocionado hombre de gafas de la primera fila, que asentía con gesto tímido al “Merci, Xavier” del cantante. Cuando Murphy fijaba la armónica en el soporte y éste detrás de su cuello, Xavier recibía la felicitación de sus compañeros.

Yo observaba al mismo tiempo los reflejos fantasmagóricos de las luces sobre la madera bruñida y lacada de la guitarra de vetas rojas, en el muro y el techo del auditorio; era como si se tratara de una radiografía, del hombre y de su instrumento, de la guitarra y de los leves brillos de su chaleco, obturados por el brazo negro de Murphy, que hacía sombra, y por el hueco de la boca de la guitarra : una radiografía del alma del músico en la cual se observa, sobre todo, el objeto inerte que él hace sonar. Pensaba eso y escuchaba la música y veía a los seguidores del cantante, y pensaba en mi padre. Me imaginaba que era como si él asistiera ahora a un concierto de, no sé, The Animals, y cantara feliz, con todas sus fuerzas Don´t let me be misunderstood, o tal vez algo más secreto, menos conocido, como los V.I.P.’s de Carlisle, y cantara I wanna be free como si fuera de nuevo el joven de veinte años, el adolescente de quince, el hombre joven de treinta, de cabellos largos y pantalones anchos de colores ácidos, rumbeando: como si tuviera más o menos mi edad. También pensaba en mí, en la felicidad que podría tener muchos años más tarde si escuchara, ya sexagenarios, a los músicos de mi banda preferida de Bogotá, mi ciudad, Las 1280 almas. Y la emoción está y estaría, en que tal vez algo de eso somos, siempre. Porque tal vez eso somos o eso quisiéramos ser, finalmente, y a ese recuerdo feliz nos aferraremos de vez en cuando: adolescentes de quince, jóvenes de veinte, con la libertad del mundo para nosotros, y con todas las ideas diversas que queremos celebrar y reivindicar con esa libertad, bailando.

Antes de una de las últimas canciones del concierto, Murphy nos contó un sueño. Iba a un concierto de los Stones, pero en medio del camino su carro (un Renault, bromeó) se varaba. Enfurecido, intentaba arreglarlo lo más pronto posible, pero apenas podía llegar a la sala cuando el concierto acababa. Veía, con rabia, cómo el telón se cerraba. De pronto, Keith Richards sale y toma el micrófono para anunciar que Mick Jagger va a interpretar su última canción. Jagger toca “una melodía hermosa” de la cual se acuerda Murphy, “grupi” él también, al despertarse; toma una grabadora y la canta. Murphy pregunta a sus amigos y ellos le aseguran que esa canción no es de los Stones. “And, if this song isn’t a Stones’ song, that means this is an Elliott Murphy’s song”, dice él entre las risas del público y las sonrisas plenas de sus seguidores sexagenarios, que ya habrán escuchado la historia decenas de veces, y toca Mick’s Dream.

París, 23 de noviembre de 2009, 7:32 p. m.

Andrés Betancourt Morales
Résident au Collège Néerlandais

A mi padre,

a Marcos,

a Jeanne,

por lo que les toca.

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1 commentaire

Classé dans Espagnol

Une réponse à “ESP – Los viejos « grupis » de Elliott Murphy

  1. Ernesto

    hm, cool, como siempre el detalle del dia y la hora 😉

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